EL RETO ELECTORAL

Editorial




Entramos en tiempo electoral, tanto a escala nacional como europea. Y como en todo periodo electoral ha de hacerse frente a muchos retos y entre todos ellos, tal vez el mas importante es el de luchar contra la abstención.

 

Uno de los valores fundamentales de la democracia es precisamente el de canalizar la participación de los ciudadanos en la vida publica, entre otras vías, a través del voto en las elecciones.

 

Ese es el momento en el que nadie puede tergiversar nuestra voluntad y en el que asumimos la responsabilidad de ejercer nuestro derecho máximo de ciudadanía.

Pero en todo periodo electoral se observa que un cierto número de ciudadanos parece no entender la importancia del voto, en el sentido que fuere, y piensa que absteniéndose manifiesta su rechazo a las opciones en juego o su desapego por la gestión del interés común. Las consecuencias de esa pasividad o no le importan, o no las calibra en toda su importancia.

 

Craso error, puesto que el no votar puede interpretarse de múltiples formas y no siempre y necesariamente como la expresión de una censura a las opciones políticas en juego. Otra cosa bien distinta es el voto en blanco, que significa participar, no hacer dejación de un derecho fundamental, aunque ello sea críticamente. Y eso tiene  un valor innegable.

 

Añadamos que no votar y criticar después las políticas que se realicen como consecuencias de las mayorías parlamentarias que se conformen y los gobiernos consiguientes, es una incongruencia absoluta, por no decir una hipocresía mayúscula.

 

Pero en el momento actual ejercer el derecho al voto es también responder a la obligación de defender la democracia que nos hace libres y en estos comicios, tanto a escala nacional como europea, esta necesidad se hace mas patente que nunca.

 

En las próximas semana en nuestro país enfrentamos procesos electorales varios. Al Congreso de los Diputados y al Senado, autonómicas y locales. Y lo hacemos en un clima de crispación notable, donde las ideas y los programas dejan paso a los ataques personales, a los eslóganes vacíos y en algunos casos a mensajes claramente contrarios a la Constitución, no para modificarla en lo que pueda mejorarla, sino para vaciarla de su esencia, para romperla. Un mensaje propio de los partidos independentistas, que genera de inmediato una reacción de extrema derecha con reminiscencias de la dictadura.

 

Pero la grandeza de estas elecciones es que a ellas pueden concurrir todas las opciones políticas que actúen en el marco de la legalidad, incluso aquellas que quieren romper la Constitución. La gran tristeza es que se han despertado fantasmas del pasado y ha tenido que llegarse al ineludible deber de  defender  el orden constitucional, estatutario e incluso la legalidad ordinaria con la intervención de los tribunales.

 

Pero todo ello en el marco del Estado de derecho y con el riguroso cumplimiento de las garantías que conlleva el funcionamiento de una Justicia independiente, incluido el respeto al principio de presunción de inocencia (*).

 

Los españoles por tanto, tenemos ante nosotros importantes retos a escala nacional que exigen un voto reflexivo en libertad, pero un voto. Porque quienes vayan a asumir la responsabilidad de gobernar, deben tener bien claro cual es la opinión mayoritaria de los españoles para afrontar estos retos y naturalmente disponer de un marco parlamentario de estabilidad en el que gobernar.

 

Pero, además, hemos de participar en las elecciones europeas que, tradicionalmente, pasan mas desapercibidas ante el ruido del debate nacional.

 

Pero este momento en la existencia de la Unión Europea, de la que formamos parte,  tiene especial relevancia, pues es evidente que esta tocando a su fin un ciclo y hemos de definir las bases y líneas fundamentales del futuro de este proyecto común. Hemos de afrontar la salida del Reino Unido, lo que seria una gran pérdida pero que también puede conllevar efectos beneficiosos para un futuro mas compenetrado de los socios comunitarios.

 

Y esta perdida, no lo olvidemos, es la consecuencia de las mentiras políticas de los nacionalistas retrógrados, entre otros factores. Pero ese nacionalismo radical, reaccionario, xenófobo y racista se está extendiendo por el resto de la Europa comunitaria, como una peste que es necesario combatir, antes de que destruya todo lo que hemos construido, generaciones de europeos. Hemos disfrutado de décadas de paz, libertad y progreso económico y no podemos permitir que pretendan llevarnos de nuevo a las posiciones de la Europa de preguerra.

 

Pero hemos de ser conscientes también de que esta Unión Europea de hoy tiene que cambiar. Que no puede ser una Europa solo de gestión de los intereses económicos de los mas poderosos, sino que tiene que seguir siendo la Europa de las libertades y sobre todo empezar a construir la Europa social y de reparto de la riqueza que exigimos los europeos.

 

Solo cito aquí estos grandes retos europeos, porque entrar en profundidad de todos los demás nos llevaría a otros varios editoriales. Permítanme  recordar que el poder hacerlo bien o mal en el futuro próximo, depende en gran parte de la conformación del Parlamento europeo y que lo que allí se decida nos afecta tanto a o mas que lo que se decida en nuestro Parlamento nacional.

 

Votar en estas elecciones europeas, como en las nacionales es participar en la construcción de nuestro propio futuro. La democracia también es responsabilidad y de responsables es participar.

Alvaro Gil-Robles

Sotosalbos, 17 de abril 2019

 

(*) véase el articulo del ex diputado francés Pierre-Yves  Le Borgn, en la sección TribunaLibre.