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Editorial Julio 2012

Photo By: Iannis Giakoumopoulos

El reto europeo

Estamos viviendo un periodo muy difícil y complejo que sacude los cimientos de la Unión Europea y pone en peligro la continuidad del proyecto que concibieron los padres fundadores, y tanto nos ha costado ir construyendo durante todos estos años.

No solo se trata de resolver las dudas sobre la viabilidad futura de la moneda común, sino también de responder a la pregunta cada día más acuciante de que queremos hacer con Europa.

Es evidente que existe un grupo de países que, desde el primer momento, solo han apostado por una Europa mercado, sin proyecto político común, sin instituciones comunes de gobierno fuertes, democráticas y operativas. Junto a ellos otros muy importantes han considerado que todo lo fundamental que se refiera a la gobernabilidad de Europa debe resolverse en el ámbito restringido y opaco del Consejo europeo. La Comisión debe gestionar, su Presidente representar formalmente y el Parlamento ha de tenersele a raya.

Eso ya lo conocíamos y pese a todo, Europa lenta pero firmemente, siguió caminando hacia la institucionalización soñada. Para ello dos países han sido históricamente el motor determinante: Francia y Alemania. Y no solo por razones económicas o para consolidar opciones de paz en nuestro continente.

No hace falta ser historiador para saber que quienes diseñaron e implementaron durante años la construcción europea fueron fundamentalmente gobernantes franceses y alemanes decididos y convencidos de la importancia de alcanzar este objetivo. Pese a todas las dificultades, pasos atrás, tensiones y fracasos como el de la Constitución europea, siempre se ha recuperado el tiempo perdido y encontrado la energía necesaria para seguir adelante.

Pero últimamente algo ha cambiado. La crisis económica y las radicales diferencias de enfoque para resolverla existentes entre los dos grandes motores del tren europeo, o incluso podríamos decir entre una gran mayoría de países miembros y una minoría encabezada por Alemania, está generando una parálisis suicida a la hora de adoptar soluciones operativas.

La gran mayoría de los países miembros saben que no solo han de aplicarse medidas de rigor en el gasto y austeridad presupuestaria, sobre todo en el caso de los países que no han sabido o querido respetar con anterioridad esas reglas. También es necesario diseñar y aplicar políticas que favorezcan el crecimiento, sin el cual el modelo de sociedad que con tantas dificultades hemos construido, puede dañarse gravemente.

Se trata de defender un modelo de sociedad que responda a impulsos económicos, y compromisos políticos adoptados democráticamente, así como al respeto de los valores que caracterizan y dan vida a ese proyecto de vida en común que llamamos Europa.

Entre esos valores hoy alcanza una proyección determinante el de la solidaridad, entre los países y pueblos que integran Europa, y sin el cual pierde todo su sentido el de responsabilidad y rigor que todos han de respetar también.

Alemania, o al menos su Canciller parece haber borrado de su diccionario político el valor de la solidaridad, o al menos eso percibimos millones de europeos, para deslizarse hacia una política definida esencialmente por la prioridad de los objetivos e intereses políticos nacionales. El renacer del nacionalismo frente al europeísmo que hasta hoy había presidido toda la política europea alemana, junto a los demás socios comunitarios.

Yo les recomiendo leer un magnífico libro de Jürgen Habermas, “La constitución de Europa”, cuya primera parte está centrada en el análisis de “La Europa de la República Federal Alemana o la percepción egocéntrica que la Alemania reunificada tiene de sí misma”. Muchas de las respuestas a este comportamiento que a tantos nos extraña se pueden encontrar a lo largo de sus lúcidas páginas.

Pero sería injusto y simple este análisis si centrásemos toda la responsabilidad de lo que pueda ocurrir en la sola tozudez alemana. No pocos países europeos, entre los que nos encontramos, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, ocultado datos esenciales sobre el verdadero estado de nuestro sistema financiero, potenciado valores muy lejanos de aquellos que reivindicamos como europeos, como el valor del trabajo por solo citar uno, inflado las estructuras administrativas, potenciado la especulación y tolerado índices insoportables de corrupción.

Todo ello es cierto, así como que el origen de toda esta crisis radica también en los efectos de un capitalismo salvaje e incontrolado, que ahora es necesario embridar para no verse arrollados por sus efectos nocivos y brutales.

Pero ello no justifica que se obligue a los pueblos hoy victimas también de esta situación y culpables de sus errores, a vivir en la miseria.

Grecia y Francia acaban de votar en el ámbito nacional pero con una indiscutible proyección europea. Los unos dando un último voto de confianza a la Europa de los valores y la solidaridad, sin olvidar sus propias responsabilidades, y los otros reforzando a un Presidente cuyo proyecto para Europa parece estar en la línea original y lejos de los nacionalismos intransigentes.

En este contexto de tensiones no olvidemos un factor clave: o Europa es un proyecto económico y político común, con instituciones fuertes ancladas en el insustituible principio democrático, con el urgente e inevitable trasvase a las instituciones comunes de una parte indispensable de la soberanía nacional, de facto ya hoy pisoteada por los llamados mercados incontrolados, o todo el esfuerzo de generaciones se habrá perdido.

El resultado del último Consejo Europeo, con sus compromisos alcanzados en la madrugada, como en todos los momentos claves de la reciente historia europea, parece dar esperanzas a quienes creemos que finalmente Europa seguirá construyéndose en base a unos valores irrenunciables y una superación de los nacionalismos ciegos.

Cómo ciudadanos debemos estar vigilantes de este proceso, exigir transparencia en la toma de decisiones y responsabilizarnos del futuro, además de pagar la factura de los errores cometidos. No nos dejemos tapar la vista por manos interesadas.

Álvaro Gil Robles

Julio 2012

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