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Editorial Febrero de 2011

UN AÑO PARA LA ESPERANZA, 23/02/2011

Por Álvaro Gil-Robles y Gil-Delgado


Este año, que apenas estamos estrenando, se nos presentaba como uno más de la serie oscura de los que le precedieron y que estaban marcados en el ánimo de todos nosotros por los efectos nefastos de la llamada crisis económica.
Y no es que la indicada crisis se haya resuelto, pues aun estamos lejos de ello y los efectos negativos sobre millones de personas no deja de ser una realidad cotidiana y agobiante; ni tampoco que las causas que la motivaron hayan sido ya objeto de un análisis honesto y realista que haya posibilitado la determinación de las correspondientes responsabilidades y puesto en marcha las medidas imprescindibles para que en el futuro la humanidad no tenga que afrontar de nuevo semejante catástrofe.
No, en absoluto. Bien al contrario parece que en el terreno económico no hemos aprendido la lección y que pasado el susto, los mismos que son responsables de haber creado el caos con su conducta especulativa bancaria intolerable, y su falta de valores y ética, vuelven por los mismos rumbos, ante la perplejidad de sus víctimas y la pasividad de los responsables políticos tanto nacionales como de la comunidad internacional.
Pero esta es una cuestión sobre la que habremos de volver con mayor detenimiento en un próximo comentario. 
Lo que ahora nos permite decir que estamos ante un año de esperanza para quienes creemos en la democracia y en los valores que la representan, es que estamos asistiendo al derrumbe en cascada de una serie de sistemas totalitarios y de los dictadores que los encabezaban, y que hace menos de un mes ni lo soñábamos.Este terremoto político se está viviendo en el mundo árabe, en un número de países, esencialmente de la cuenca mediterránea, con respecto a los cuales los llamados países de occidente, por razones económicas o geoestratégicas, han preferido contemporizar con los dictadores que los sojuzgaban, en vez de sostener y alentar los movimientos democratizadores que hubiesen ayudado a esos pueblos a desembarazarse de semejante yugo o al menos a sentirse acompañados en sus reivindicaciones de un mínimo de bienestar económico y esperanza de vivir en libertad.
Una chispa como fue el suicidio de un pobre trabajador tunecino desesperado por la pobreza a la que se quería condenar irremisiblemente, y que hubiera podido parecer intrascendente para las insensibles cancillerías de los países ricos, democráticos y “estables”, fue el detonante de un movimiento nacional y regional de reconquista de la libertad y de esperanza de poder construir un sistema social y político más justo y democrático.
Túnez y Egipto han dado muestras de una madurez social y de una responsabilidad de sus ciudadanos a la hora de batallar por sus derechos, que nos han dejado a los países occidentales con la boca abierta. Hemos descubierto que ellos también comparten y pelean por el respeto de una serie de valores fundamentales, como la libertad, la justicia, la democracia, y otros muchos más, que hasta ahora pensábamos que estaban lejos de su ánimo, cuando no en contradicción con los principios sustentadores de la religión islámica. 
Que equivocados estábamos en occidente, tan seguros de nuestros análisis simplistas de post-guerra fría y que en síntesis asimilaban a islam con terrorismo, totalitarismo religioso o negación de los valores democráticos. Que profunda ignorancia de los verdaderos sentimientos y aspiraciones de millones de seres humanos a los que mayoritariamente une la práctica de la religión islámica, pero que luchan por la democracia, y la libertad para todos. El acabar con la identificación, simplista e interesada, del islam con la intolerancia, la dictadura y el terror, es tal vez uno de los más importantes logros del movimiento de lucha por la libertad en estos países.
Es hora de que nos volquemos en la ayuda imprescindible a estos países en transición, para que lo que tanto esfuerzo y sacrificio les ha costado alcanzar, el derrumbe de los dictadores, no sea sustituido por otro sistema que garantice la perpetuidad en el poder de quienes les apoyaron y se beneficiaron de la opresión del pueblo.
Un último comentario es imprescindible. Me refiero a lo que está pasando en Libia donde el dictador Gaddafi, tal vez uno de los más crueles y sanguinarios de la región, está mostrando su verdadero rostro de criminal sin escrúpulos, lanzando su policía política y el ejército contra el pueblo que en la calle pide libertad, provocando matanzas indiscriminadas y sembrando el dolor y la desesperación en todo un pueblo.
El conjunto de los países democráticos parece que no acaba de ponerse de acuerdo sobre lo que debe hacerse. Las Naciones Unidas apenas son capaces de ponerse de acuerdo en que deben decir algo (la posibilidad de hacer, les sobrepasa) y la Unión Europea ha demostrado hasta que punto no tiene política exterior común y es incapaz de mandar un mensaje fuerte de condena y poner en marcha de inmediato algo más que suspender un convenio de colaboración que nunca debió hacerse con el dictador.
Cuando intereso, los países occidentales componentes de la OTAN fueron capaces de hacerla intervenir para detener la masacre de la población albano-kosovar. Una intervención humanitaria que en el momento de producirse parecía imprescindible y lógica para quienes compartían determinados valores democráticos y de respeto al ser humano.
¿Seremos capaces de tomar medidas similares para terminar con la masacre del pueblo libio por parte del dictador Gaddafi, si las vías diplomáticas convencionales no dan resultado, o permaneceremos impasibles contemplando semejante crimen?

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